El mero de las Azores y el virus que cruzó océanos
En 2024 una mortalidad masiva de mero chyço arrasó siete islas de las Azores. La filogenia revela que el virus RGNNV viajó desde el Indo-Pacífico, y que la acuicultura y el transporte marítimo conectan epidemias que creíamos lejanas.
En 30 segundos: en 2024 al menos 148 meros chyço (Epinephelus marginatus) murieron en siete islas de las Azores por necrosis nerviosa viral; un análisis filogenético publicado en julio de 2026 sitúa el origen de la cepa en el Indo-Pacífico; la globalización de la acuicultura y el transporte marítimo conecta reservorios víricos distantes y expone a poblaciones silvestres aisladas.
Un pez que aparece muerto boca arriba
El mero chyço (Epinephelus marginatus) es el pez de roca más carismático del Atlántico medio. En las Azores, donde los buzos lo conocen por seguirles como un perro curioso entre las corrientes, la especie sostiene una parte discreta pero real del turismo de inmersión. Está catalogada como En Peligro por la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), después de décadas de sobrepesca en el Mediterráneo y el Atlántico oriental. Vive despacio, madura tarde, cambia de sexo con la edad (hermafroditismo protogínico: nacen hembras y se transforman en machos al crecer) y defiende territorios pequeños durante años. Todo eso la hace fácil de querer y fácil de extinguir.
En 2024, pescadores y buzos de siete islas del archipiélago empezaron a encontrar meros muertos o moribundos, muchos flotando boca arriba, con comportamientos erráticos previos a la muerte: espirales, pérdida de equilibrio, nado desorientado cerca de la superficie. Los recuentos conservadores hablan de al menos 148 ejemplares confirmados1. Para una especie territorial y de densidad natural baja, 148 meros en siete islas no es una anécdota. Es una epidemia.
Los análisis de laboratorio identificaron al agente: virus de la necrosis nerviosa (NNV, por sus siglas en inglés), un betanodavirus (virus de ARN bicompartimentado, familia Nodaviridae) que ataca el cerebro y la retina de los peces1. Era la primera detección del virus en meros salvajes del archipiélago.
Foto: Pascal van de Vendel (https://unsplash.com/it/@pascalvendel)
El virus que no debería estar ahí
La necrosis nerviosa viral no es una enfermedad nueva. Los piscicultores del Mediterráneo la conocen desde los años noventa, cuando diezmó las larviculturas de lubina y dorada. La revisión de Bandín y Souto (2020) resume lo que la ciencia sabe del grupo: son virus de ARN, bicompartimentados (con dos segmentos de material genético), con cuatro genotipos principales que se agrupan según la temperatura óptima de replicación y el rango de hospedadores2. Se transmiten por agua, por contacto, por gametos y por material contaminado. Sobreviven bien fuera del hospedador. No conocen fronteras administrativas.
El estudio de Luís y colaboradores, publicado en Frontiers in Marine Science en julio de 2026, aplicó análisis filogenético con resolución temporal (la misma familia de técnicas que el mundo aprendió a leer durante la pandemia de COVID-19, con plataformas como INSaFLU y Nextstrain) a las secuencias del brote azoriano3. El resultado clasifica el virus dentro del genotipo RGNNV (red-spotted grouper nervous necrosis virus, virus de la necrosis nerviosa del mero de manchas rojas) y, lo más relevante, lo emparenta con cepas de referencia del Indo-Pacífico, con afinidades filogenéticas hacia linajes documentados en Australia y Japón3.
El virus que mató meros en el Atlántico medio venía del otro lado del planeta.

Foto: Diego Delso
Cómo cruza un virus un océano
Ningún mero nada desde Indonesia hasta las Azores. La especie es sedentaria, territorial, con larvas de dispersión limitada. El virus tuvo que viajar de otra manera, y la literatura sobre betanodavirus ofrece tres candidatos bien documentados2:
-
La acuicultura globalizada. El genotipo RGNNV es endémico en granjas marinas del sudeste asiático y el Pacífico occidental, donde infecta mero, lubina asiática y otras especies de alto valor comercial. El movimiento internacional de reproductores, huevos, larvas y juveniles vivos (legal y documentado) es la vía de dispersión de patógenos mejor establecida de la acuicultura moderna2. Un lote de alevines aparentemente sanos puede portar el virus de forma subclínica (sin mostrar síntomas) y sembrarlo en una instalación a miles de kilómetros.
-
El transporte marítimo. El agua de lastre (agua que los buques toman en un puerto para estabilizarse y vierten en otro) y los sistemas de refrigeración con agua de mar de los buques mueven miles de millones de litros de agua costera entre puertos cada año. No es necesario demostrar que un barco concreto llevó el virus a Ponta Delgada; basta con aceptar que las rutas de navegación dibujan la misma red de conexiones que dibujan los árboles filogenéticos.
-
Peces hospedadores migratorios o introducidos. Algunas especies pelágicas pueden actuar como vectores asintomáticos a distancias largas, aunque esta vía se considera menos probable para RGNNV que las dos anteriores2.
El estudio de Luís et al. no señala un barco ni una granja concretos; la filogenia identifica parentesco, no culpables. Pero el patrón espaciotemporal es inequívoco: la cepa azoriana desciende de linajes del Indo-Pacífico y su llegada es reciente, compatible con la intensificación del comercio acuícola y marítimo de las últimas décadas3.
La trampa de la isla
Las poblaciones insulares de especies longevas y sedentarias tienden a acumular baja diversidad genética. El aislamiento reduce el flujo génico (intercambio de genes entre poblaciones), los cuellos de botella históricos (episodios de reducción drástica del tamaño poblacional) estrechan aún más el repertorio, y el resultado es una población donde casi todos los individuos comparten las mismas variantes del sistema inmune. En condiciones normales eso no es un drama: los patógenos locales y los hospedadores llevan generaciones negociando una tregua.
El problema llega cuando entra un patógeno nuevo. Si ningún individuo de la población tiene las variantes inmunes que permitirían resistir al virus foráneo, la epidemia no encuentra fricción. Infecta, mata, sigue. Es el mismo principio que explica por qué la viruela devastó América en el siglo XVI o por qué el hongo quitridio (Batrachochytrium dendrobatidis) borra ranas de montañas enteras: no es la virulencia del patógeno, es la ingenuidad del hospedador.
El mero chyço azoriano cumple todos los requisitos de la trampa: especie longeva (puede superar los 50 años), reproducción tardía, agregaciones reproductoras predecibles que facilitan la transmisión, población aislada en medio del Atlántico y estatus previo de En Peligro. Un brote que en una especie de ciclo rápido sería un mal año, aquí puede borrar una generación entera de reproductores.
Responsabilidad, no fatalidad
El virus no llegó a las Azores por corrientes oceánicas ni por azar evolutivo: llegó por la red de conexiones que los humanos hemos construido entre mares que la geografía mantenía separados. Cada granja que importa reproductores sin cuarentena efectiva, cada barco que intercambia agua de lastre, cada lote de juveniles que cruza una frontera fitosanitaria de papel es un puente potencial para el siguiente RGNNV.
La respuesta técnica existe y está descrita desde hace años2: cuarentenas reales con diagnóstico molecular (detección del ARN vírico mediante PCR), certificación libre de patógenos para movimientos de animales vivos, vacunación en acuicultura (ya existen vacunas comerciales contra NNV para varias especies cultivadas), vigilancia genómica de rutina en poblaciones silvestres centinela y tratamiento del agua de lastre con estándares que incluyan virus de peces, no solo bacterias y fitoplancton.
Lo que falta es tratar la bioseguridad marina con la misma seriedad con la que tratamos la bioseguridad humana después de 2020. Las herramientas son las mismas (secuenciación, vigilancia, rastreo filogenético) y el estudio de las Azores demuestra que funcionan. La diferencia es que para los peces todavía no existe la voluntad de financiarlas antes del brote, en lugar de contar cadáveres después.
Las Azores, por suerte, tienen algo que muchos lugares no tienen: una comunidad científica que mira, buzos que reportan y ahora una secuencia genómica publicada que convierte el brote de 2024 en referencia mundial. Eso no devuelve la vida a 148 meros. Pero convierte su muerte en información, que es lo mínimo que les debemos.
Pregunta para quien lee
Si tu país importa peces vivos (para acuicultura, para acuarismo, para repoblación), ¿sabes qué controles sanitarios exigen esos movimientos y quién vigila que se cumplan?
Fuentes
Footnotes
-
Gomes, M., et al. (2025). “First detection of nervous necrosis virus in wild dusky grouper from the Azores.” DOI pendiente de confirmación. ↩ ↩2
-
Bandín, I., & Souto, S. (2020). “Viral encephalopathy and retinopathy: an update.” Reviews in Aquaculture. DOI: 10.1111/raq.12448 ↩ ↩2 ↩3 ↩4 ↩5
-
Luís, A., et al. (2026). “Unraveling the origin of the Azorean viral nervous necrosis 2024 outbreak through spatiotemporal and time-resolved phylogenetic analysis.” Frontiers in Marine Science. DOI: 10.3389/fmars.2026.1848526 ↩ ↩2 ↩3
Temas
Newsletter
Una lectura semanal para mirar el mundo acuático con más criterio.
Recibe reflexiones breves y cuidadas sobre vida acuática, acuariofilia ética y ciencia aplicada.
Unirme al viaje